sexta-feira, 11 de dezembro de 2009

...invisível...la seducción de paul auster...

El punto álgido de la última novela de Paul Auster es una historia de amor prohibido. Si mi memoria no falla, el autor de El palacio de la Luna nunca se ha prodigado en descripciones tan eróticas como las que consuman el orgásmico incesto que está en el corazón de esta alambicada y estupenda Invisible. El mejor Auster es el que nos cuela los requiebros narrativos más implausibles con pasmosa naturalidad, a partir de una prosa cuidadosamente simple, que no complica gramáticas porque lo que pretende es que la sorpresa se vuelva verosímil. La crónica de un duelo riguroso, escrita desde una conmovedora empatía, hace creíble la ruptura del tabú que revoluciona toda la novela, y que se convertirá en la apuesta de un autor que llevaba demasiado tiempo repitiéndose.
No se equivoquen: no ha traicionado su mundo. Sabemos que a Auster le preocupa el papel del escritor --de sí mismo-- en el destino de los personajes. Por eso tiene predisposición a inventar protagonistas que son, de alguna manera, Austers posibles: Adam Walker hace un trabajo mecánico y desagradecido (clasifica libros en una biblioteca) como Auster fue marino en un petrolero; Walker podría haberse convertido en un novelista tan laureado como su creador si una noche no se hubiera encontrado con un chico negro que quiso atracarlo y no hubiera ido acompañado de un diablo vestido de blanco con la navaja fácil y la lengua bífida. No importa que ese atraco, como el incesto, pueda ser falso: lo importante es que Walker lo incorpora a su particular autobiografía porque sabe que todo lo que se cuenta, lo que se escribe, es al final ficción, y que solo la ficción puede redimirle.
Es inevitable que una novela que habla sobre el poder de la seducción --del mismo modo que Walker cae en las redes de una pareja de peligrosos diletantes, a la manera de El placer de los extraños de Ian McEwan, el lector se siente atrapado en las redes de Walker-- hable sobre literatura.
EL LECTOR, EN EL CENTRO Auster siempre ha tendido a la metaficción, y en este caso tiene la feliz ocurrencia de incluir al lector en el centro del relato, de hacerlo responsable de terminar la novela que Walker no ha podido acabar. Es una idea preciosa, que demuestra hasta qué punto lo que ha puesto en práctica Walker hasta entonces es la invención del yo, ese "invisible", esa ausencia que todo verdadero artista intenta plasmar en una "imagen-fantasma" que es huidiza y persistente al mismo tiempo.
Jim, uno de los narradores de Invisible, encuentra las notas que ha tomado Walker para terminar la tercera parte de su novela póstuma, titulada Otoño. "En las tres últimas páginas, el derrumbe es casi total", escribe. "Walker siente cómo se le va escapando la vida, y pese a todo sigue adelante como puede, sentándose frente al ordenador por última vez para llevar la historia a buen término". Auster coloca a un fantasma delante del teclado, un fantasma que se agarra al arte de narrar como si fuera el único combustible que le salva de la disolución final. Lo invisible es la muerte, y la muerte, en esta notable novela de Auster, escribe por nosotros.
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